A A. la rondó la muerte desde el día en que, contando con cuatro años de edad, resbaló y cayó en las aguas del puerto sin saber nadar. Me contaba que de todo aquello sólo recordaba que el agua era en realidad como un lodo negro que la atrapaba. Que no tenía nada que ver con el mar, las olas, la playa y los peces que dibujaba con Plastidecor en el colegio. Me lo repetía muchos años después, todos los veranos, con los pies colgando sobre el agua, convertida por supuesto en una nadadora casi profesional.
A. tenía un gato llamado Petrarca que dejaba ingentes cantidades de pelos blancos y larguísimos a su paso, una repisa de las especias en la cocina que era mi envidia cochina y una habitación con las paredes pintadas de morado que más o menos me daba la misma envidia que la repisa de las especias.
Una noche de primavera se pasó bebiendo vodka, que era lo que bebíamos, y se tiró al mar para celebrar la llegada del verano. De repente, se quedó sin fuerzas para salir. Por suerte JM la sacó. A mí me parecía una sirena dadá, descojonándose del que había arriesgado su vida por ella, rebozada en arena como una croqueta.
A. debió entender que lo mejor era emigrar a tierras de secano, así que hace unos años viajó a algún país africano en el que al quinto mes tuvo la mala suerte de pisar una mina antipersona. Pero incluso con la pierna izquierda amputada por debajo de la rodilla, A. seguía viajando por todo el mundo, cruzando las calles de todas las ciudades sin mirar los semáforos, volviendo sola a casa por callejones infames porque total, a ella qué le iba a pasar.
Y en efecto, no le pasó nada más que sea relevante contar aquí. Pero la muerte rondaba a A., la rondaba de cerca desde hacía muchos años, y aprovechó una noche en que volvía de algún sitio en coche con una amiga, sin el cinturón puesto ninguna de las dos, para ponerla a prueba una vez más.
A. rompió la luna con la cabeza y apareció a trece metros. A su amiga apenas le pasó nada.
Este accidente ocurrió el mismo día en que yo estuve horas y horas en el paritorio 6 de una de las maternidades de mi ciudad.
Se recuperaba en el hospital. Una vez más, parecía que A. le había ganado un pulso a la muerte, pero hace dos noches dejó para siempre este mundo.
Casualmente no tuvieron nada que ver ninguna de las múltiples lesiones que le había causado el accidente, de las que se recuperaba favorablemente. Fue víctima de una neumonía fulminante que no fue detectada a tiempo.
Porca miseria.